Si el padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari nos mirara hoy, probablemente sonreiría con esa cara de «ya sé lo que están pensando» y diría algo así:
—Bueno… parece que al final sí tenía razón. Un día todos los que estábamos ahí también íbamos a morir. Solo que a mí me tocó un poco antes y con peor puntería... Y no, no fue castigo divino. Fue un soporte oxidado y una cruz que pesaba más de lo que debía. La próxima vez fijen mejor las cosas, por favor… que uno ya no está para estas sorpresas (tal vez encogiéndose de hombros, casi riendo). Ah, y a los que andan buscando oscuridades donde no hay: tranquilos. No hice nada malo. Solo dije una verdad y la madera me dio la razón de la forma más literal posible. Ahora sí… que Dios los bendiga. Y revisen los tornillos. Parece que la gente no se cansa de tratar de encontrar oscuridades donde simplemente no hay nada que encontrar.
Cuando vi la noticia del padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari, me dio un poco de bronca y otro poco de risa amarga. Porque enseguida aparecieron los expertos de redes, los teólogos de sillón y los detectives del karma diciendo que «algo malo debió haber hecho», que «Dios no se equivoca» y que «la cruz lo eligió a él por alguna razón oscura».
Miren, les cuento la historia como la imagino yo, sin misterios ni demonios escondidos:
El padre Patricio no era ningún santo de yeso ni ningún villano de novela. Era un tipo sencillo, de esos que se ríen de sus propios chistes en plena misa y a los que alguna vez se les escapa un «carajo» cuando se les cae el misal. Dedicado a la gente más humilde, cercano, sin secretos raros ni doble vida. El típico cura que uno se cruzaría en cualquier pueblo y pensaría: «Qué buen tipo».
El 17 de octubre de 2026 estaba oficiando la misa dominical en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Guayaquil. Todo se transmitía en vivo. Subió al podio desde el cual se proclama la Palabra de Dios, miró a la cámara y a los fieles, y dijo con toda naturalidad esa frase que cualquier cura suelta de vez en cuando:
—Un día todos los que estamos aquí también vamos a morir.
Dos minutos después, la pesada cruz de madera que colgaba detrás del altar decidió que ya estaba harta de sus soportes oxidados. Se desprendió, viajó en caída libre y le pegó de lleno en la cabeza. Fin.
Y listo. Ahí se armó el circo. Miles de comentarios hablando de castigo divino, de mensajes del cielo, de que «la cruz no cae sobre cualquiera». Como si la gravedad necesitara justificación moral.
Pero la verdad, la de verdad, es mucho más simple y mucho más triste: fue un accidente estructural. Los soportes fallaron. La madera era pesada. La gravedad hizo lo suyo. Nada más. Ni castigo, ni karma, ni oscuridad escondida. Solo un hombre que estaba haciendo su trabajo y tuvo la peor de las suertes en el momento más irónico posible.
Acá en Chilecito, bajo la protección de Santa Rita, a veces también nos gusta inventar historias cuando la realidad nos parece demasiado absurda o injusta. Pero a veces no hay nada que inventar. A veces la vida simplemente es así de cruel y de ridícula al mismo tiempo.







