El fin de la "inocencia" digital
Durante años, el streaming se consolidó como el refugio de la espontaneidad. El espectador buscaba escapar del formato rígido de los medios tradicionales para encontrar una conversación genuina. Sin embargo, cuando un canal cuenta con pauta comercial y una audiencia masiva, el estatus de "charla entre amigos" creo que desaparece. Se convierte, por derecho propio, en un medio de comunicación que ejerce influencia social. Con ese poder, surge una responsabilidad ética ineludible.
De pronto pensé en las farmacias y la presencia de un responsable de lo que expenden.
¿Un "director técnico" para el contenido?
Así como en el ámbito de la salud existe la figura del director técnico farmacéutico —un profesional cuya firma garantiza la seguridad de lo que se dispensa—, sería necesario implementar una figura de productor editorial en los medios de streaming colectivos?(Colectivos aclaro, no la persona física al frente de un celular).
La respuesta de Nicolás Occhiato, al desvincular a los responsables y admitir que fue un "error inadmisible", es una declaración de principios. Pero se me ocurre ir más allá de la reacción institucional: el problema no radica meramente en la forma o en la falta de un filtro técnico; el problema es el fondo. Cuando la dinámica de un medio está diseñada para la voracidad del "minuto a minuto", la confusión entre inmediatez y veracidad deja de ser un accidente para convertirse en una falla estructural. Confundir la espontaneidad con la negligencia es un riesgo ético que convierte la responsabilidad periodística en un bien descartable según la conveniencia del rating.
La idoneidad como brújula: Del título al oficio
Es aquí donde debemos plantearnos qué significa hoy ser periodista. Debo ser honesto: mi propia formación es autodidacta y carezco de los títulos formales que a menudo se exigen en las grandes redacciones. Sin embargo, no hay diploma que reemplace la responsabilidad ante el micrófono ni el compromiso ético con el oyente. Si bien me acuso a mí mismo de haber elegido el camino sinuoso de la autoformación frente al cauce institucional, nunca he negociado mi idoneidad. El periodismo es un oficio que se aprende en la práctica, pero que se sostiene sobre una columna vertebral de valores innegociables. La falta de un título puede ser una deuda formal, pero la falta de ética es una falla moral; y en esa arena, la responsabilidad de cada comunicador debe ser absoluta.
El costo humano detrás del "clic"
La gravedad de este hecho adquiere una dimensión más profunda al conocer la reacción de la familia Messi. Mientras el streaming debatía en redes sobre "despidos" y "branding", Jorge Messi, desde una clínica en Rosario, observaba atónito la noticia de su propia muerte. Su frase, "Qué quilombo que armé", me sonó como un cachetazo de realidad: demuestra que cuando un medio pierde el sentido de la ética, el daño no es solo corporativo, es profundamente humano.
Me pregunto: ¿Qué camino tomar?
Es vital trazar una línea divisoria: no se trata de descalificar la voz de nadie ni de restringir la libertad de expresión, que es el alma del streaming. Sin embargo, debemos distinguir entre el oficio de comunicar —donde prima la subjetividad— (la persona física frente a un teléfono emitiendo) y el periodismo como profesión formal. El ejercicio periodístico, cuando se asume frente a una audiencia masiva, exige un estándar de idoneidad. La idoneidad no es un título nobiliario, es la capacidad técnica y ética de gestionar la información con rigor. Profesionalizar el medio no significa cerrar puertas, sino reconocer que informar es un acto de responsabilidad pública que requiere una competencia profesional específica.
La crisis de Luzu TV es un llamado de atención. El streaming ya no es el futuro; es el presente. Y para sobrevivir en esta etapa de madurez, deberá dejar atrás la improvisación para abrazar una profesionalización que, lejos de quitarle frescura, le otorgue la única moneda que no admite reposición: la credibilidad.
Por: Juan Avellaneda






